Blog

Golf Ficción – Reflexiones golfísticas a través del Camino de Santiago

7 Octubre 2018 – ¡Vaya por Dios! He vuelto a fallar un putt de cinco metros. No suelo cometer estos errores pero hoy… resignación. Esta mañana, con la emoción, olvidé rezar mis oraciones a San Isidro, el santo patrón de los golfistas… Bueno, no se asusten, es que tengo una manera muy particular de entender este deporte, y es apelando a la gracia divina.

Debo confesar que estoy celebrando la culminación de mi cuarto viaje a Santiago de Compostela, pero esta vez ha sido el más especial. Todo comenzó cuando un grupo de fieles de mi parroquia me persuadió para que hiciera un hueco en mis obligaciones con el fin de introducirme en lo que yo llamaba jocosamente el golfismo. Me gustó tanto que decidí compaginarlo, siempre que pudiera, con mis actividades seculares.

Sucede que estaba programado un peregrinaje por el Camino de Santiago desde hacía más de un año y, por afinidad, me encargué de llevar aquel grupo de doce fieles… golfistas… de la diócesis que me fue asignada. Pensando en ello tuve una genial idea, combinar el peregrinaje con el golf.

Me encantó prepararlo a conciencia. El primer objetivo, cultivar el sentimiento emocional de un acto de fe: celebramos misa a diario y visitamos los lugares santos del camino; y segundo, fomentar la amistad y el compañerismo entre los miembros del grupo, disfrutando de unas partidas de golf.

Salimos hace siete días desde Roncesvalles, iniciando un recorrido muy intenso. Visitamos la Catedral de Pamplona, con su claustro gótico, y nuestro primer campo fue Señorío de Zuasti, seguido de Ulzama (Navarra). Casi sin darnos cuenta comenzamos a sentir buenas vibraciones de lo que iba a ser una experiencia sensacional e inolvidable. Tanto es así que Juan, el más joven, sugirió escaparnos de la ruta prevista y llegarnos hasta la cornisa cantábrica. ¿Por qué?, no para conocer la parte de la ruta costera del camino, sino para jugar en las catedrales del golf español, aquellos campos que han sido cuna de campeones.

Jaizkibel (San Sebastián), donde se forjó el maestro Txema; Pedreña (Santander), donde reside el espíritu de un maestro de maestros, Seve; y volver por Larrabea (Vitoria), el club de Jon. Lo comprendo, en ocasiones hay que ser flexible y sacrificarse por el bien común. El cambio de programa fue una concesión hacia un colectivo que a menudo muestra casi la misma devoción por sus héroes deportivos contemporáneos -me temo que por mi condición sólo puedo decir casi-, que por su fe en el Padre Eterno. Tomás me aseguró que, después de contemplar los prodigios de Ballesteros y Olazábal en la pequeña pantalla, poder pisar el mismo césped de sus orígenes había reforzado su fe como creyente y practicante.

¡Alabado sea el Señor! El verdadero sacrificio fue la tirada de kilómetros en autocar a través de las montañas, para retomar el camino. Por suerte, y aunque satisfechos de la aventura, el grupo sació de nuevo su hambre de golf en Izki (Vitoria). Allí, el otro Juan, hermano de Pedro, me confesó que se había apuntado a este viaje para dar gracias a Dios. Meses atrás había recibido el impacto de un driver, arrojado por algún desaprensivo, que los médicos le diagnosticaron mortal de necesidad. Después de todo estaba vivo, y por eso recibió el impulso de realizar penitencia dedicando algún tiempo a la reflexión, descansando de su ajetreada vida comercial.

Con la cita cumplida en Rioja Alta, llegamos a Santo Domingo de la Calzada un 15 de mayo, San Isidro. Nos hallábamos en la catedral cuando descubrimos al santo adornado con un bonito ramo de flores. San Isidro se apoyaba en su mano izquierda en un bastón que, por mi obsesión por el golf, quise reconocer como un antiguo putter. ¿Hasta tal punto me habría sorbido el seso este juego? No le di la menor importancia hasta que Lucas y el resto de los peregrinos me ratificaron. ¡Pues, como será que se ayuda de un palo de golf! Posiblemente el sacristán no habría encontrado el auténtico bordón y le colocó este putter de aspecto clásico, que podría ser el bastón de cualquier peregrino, imprescindible con la concha, el zurrón y la calabaza para llegar con pies polvorientos a la capital compostelana.

Tomando el hecho como un mensaje de la divina providencia, cogí mi propio putter, lo bendije, y a partir de entonces mejoró muchísimo mi juego… quizá porque no lo solté durante el resto del viaje, sirviéndome de él en todos aquellos puentes y calzadas medievales que cruzábamos andando. Cada vez que pateaba en lo que ya habíamos bautizado como “Peregrinaje por los Campos del Camino de Santiago”, recordaba a este San Isidro, santo patrón de los golfistas, y encomendaba mi golpe al Señor para que me ayudara a embocar.

Nuestro entusiasmo fue creciendo a medida que nuestras celebraciones cristianas o culturales venían acompañadas por referencias históricas al golf. Curiosamente, todas ellas partían de la imaginación de la dura cabeza de Pedro, que había quedado marcada por los alveolos de una Titleist Pro V1 hacía varias temporadas.

En las afueras de Burgos llegamos al Campo de Villarías (Burgos), recorrido de 9 hoyos junto a la hermosa Iglesia de San Cristóbal, del Siglo XII. Aquí se me reveló Pablo, arrepentido de su vida anterior, cuando ejercía de farsante. Capaz de hacer mil y una trampas con tal de alzarse vencedor, llegó a atribuirse golpes imposibles y, pecado mayor, algún que otro hoyo en uno.

La catedral burgalesa está maravillosamente recargada. Doy gracias a Dios porque hayan llegado a tiempo de recuperar el espléndido monumento gótico – tres siglos tardaron en construirla – ante el riesgo de desmoronarse hace 20 años. Muy cerca, varios monasterios constituyen auténticos remansos de paz y meditación. Para el ocio nos desviamos hasta el Club Lerma (Burgos), un poco más al sur. Allí jugué con Pablo, cuyas penas versaron sobre su esposa, que le abandonó por su pequeña debilidad: se entrega tan intensamente al golf que olvida todo lo que le rodea. Ahora su penitencia no consiste en portar una pesada cruz al hombro, sino una bolsa sobrecargada de palos.

Majestuosas vidrieras adornan la Catedral de León, ciudad donde el Panteón Real de San Isidoro es considerado la Capilla Sixtina del arte románico español.

Para nuestra sorpresa descubrimos aquí frescos de unos pastores manejando las bestias con drivers del Siglo XI. Pues… ¿no es cierto que fueron unos pastores escoceses quienes, golpeando piedras con sus bastones, inventarían esto del golf?

En el León Club (León), junto al pueblo de San Miguel del Camino, jugué mano a mano con Mateo, quien se arrepintió de la expropiación de tierras de campesinos y casas de pescadores que cometió a fin de enriquecerse especulando con un ambicioso proyecto urbanístico que incluía un links. Su arrepentimiento quedó aliviado devolviendo el valor de lo robado y ahora busca la felicidad, con humildad pero, por supuesto, sin abandonar el golf.

Pasado Astorga llegamos a Villafranca del Bierzo. Trasladados a la Edad Media, allí cumplimos con la tradición de tocar la Puerta del Perdón en la ermita románica de Santiago. Bartolomé, acuciado, no dejó de observarme que echaba en falta el descanso de una ronda, y en Ponferrada improvisamos una escapada de nueve hoyos al Club El Bierzo. De nuevo ampliamos el programa para recalar en el Club de Lugo.

De aquí a nuestra meta ya no hubo más campos y, poco a poco, fue creciendo la emoción de culminar el esfuerzo del peregrino.

Para algunos fue duro dejar pasar el Río Cabe (Monforte de Lemos) o los remansos de salud del Balneario de Augas Santas (Pantón), en el camino del sur, y el Balneario de Guitiriz, más al norte de Lugo, pero el tiempo del viaje no era infinito y tocaba enfilar el camino hacia el Monte do Gozo.

Para su consuelo allí mismo me comprometí a que el trazado de próximos peregrinajes cubrirían uno toda la ruta costera, para repetir Pedreña, jugar en CampomarMiño o Paderne, sobre todo visitar La Zapateira y llegar hasta la Torre de Hércules (La Coruña); y otro entrando por el sur, y así poder jugar en Real Montealegre (Orense), Domayo, La Toja, Balneario de Mondariz, Real Aeroclub de Vigo o Meis (Pontevedra), para hacer la entrada triunfal a Santiago por Val de Rois. Por esta vez nos conformamos con un buen trago kilométrico de pocos greens, en el último tramo, que nos permitió disfrutar del bello paisaje natural gallego.

Llegamos a Santiago de Compostela bajo la lluvia. Enfundado en el traje de agua y putter en mano, nos dirigimos directamente a la catedral de Santiago sin tiempo que perder, para la Misa del Peregrino, en la que Jaime se emocionó contemplando el magnífico swing del Botafumeiro. Nuestro cansancio se vio reconfortado por una enorme paz interior, con la alegría y la satisfacción de haberlo conseguido.

Ahora ya es por la tarde. Estamos de celebración en el Aero Club de Santiago. Al fallar el hoyo 18 con mi bendito putter, como comentaba al comienzo de mi historia, soy consciente de que todo se ha terminado. El santo putter de San Isidro estará ayudando a otros jugadores que se encuentren en el Camino de Santiago.

No importa, porque he descubierto que el alzacuellos no está reñido con el golf. En la última misa de este viaje hemos dado gracias a Dios por habernos reforzado nuestra alma, nuestra fe y el swing que nos da vida.

Reproducido de la revista Solo Golf & Viajes Nº29, publicada hace más de 20 años (en Noviembre 1997, y actualizado ahora en Octubre 2018), con nuestro reconocimiento a los amigos organizadores del Circuito de Golf Cenor Camino de Santiago, que este año ha cumplido su undécima edición.

Contenido relacionado:
Golf Ficción – El “viudo del golf”
Golf Ficción – Marketing: “Salgo al campo armado con un plan estratégico, diseñado en mi oficina”

Por Miguel Angel Buil