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Golf Ficción – Marketing: “Salgo al campo armado con un plan estratégico, diseñado en mi oficina”

7 Agosto 2018 – Todo el mundo sabe que hoy en día se cierran muchos contratos de negocios en los campos de golf. El golf se ha convertido en una herramienta de marketing al servicio de las empresas. Pero aunque con ello tenga magníficas oportunidades de sacar un sobresueldo, y mi jefe me lo haya propuesto una y mil veces, me he prometido que jamás traicionaré mi deporte favorito utilizándolo con fines lucrativos.

Es porque padezco una grave enfermedad: mi ego personal no me permite dejarme ganar para conseguir la firma del rival, no en la tarjeta, sino en el margen de las hojas de un contrato mercantil de miles de millones, ni aun yendo a comisión. Con mi carácter de marketiniano agresivo y mi handicap 8 sería incapaz de soportar una tarde de trabajo tan aburrida.

Lo siento por mi compañía, multinacional de prestigio, que con gran inteligencia ha decidido, para estos menesteres, enviar a jugar con los clientes a otro golfista que está en el departamento de ventas, por supuesto, ya programado para conseguir objetivos previamente marcados por la Junta Directiva. Mejor mandar a “Handicap 6”, como yo lo llamo, antes que suicidarse conmigo, porque, ¿qué pasaría si el pollino no gana la partida?

Lo prefiero. Para mí no es una ofensa; ya tuve la ocasión de desquitarme de ese pelota “Handicap 6” durante la última convención de vendedores que el grupo financiero tiene repartidos en las sucursales de todo el mundo. En estas reuniones se pretende inculcar, mediante diversas actividades recreativas, ese espíritu corporativo que te proporciona, subliminalmente, renovadas vías de productividad. Bueno, pues fue en esa convención donde experimenté aquella deliciosa sensación de satisfacción, más por humillar al rival que por vencer en el torneo.

Fue en aquel último recorrido en Wentworth, con un gozoso y eufórico eagle en el último hoyo, durante la final del trofeo social que organiza anualmente el CEO y la cúpula directiva de la compañía. El caso es que desde el primer momento sentí que, para mí, era más el reto de demostrar mi valor golfístico, que identificarme con una enseña empresarial por la que invertir mi vida en beneficio de otros, dejándome la piel en los despachos. Mi victoria me proporcionaría unas estupendas vacaciones de dos semanas con mi esposa (crucero por el Caribe), que en ningún momento superaría el placer de aplastar a mis compañeros de trabajo.

Me considero jugador de mentalidad extremadamente competitiva, comportamiento psicológicamente agresivo y ambición exclusivamente ganadora. Nada supersticioso, exijo el máximo de mí mismo y soy intransigente con mi juego. Raro es el día que, si caigo derrotado, no tenga que reponer el par de palos de la bolsa arrojados al lago o a la basura, partidos, en uno de mis arrebatos. Y aunque intente disimular mi amargura, quedo moralmente destrozado hasta que vuelvo a pisar el campo.

Mi único fin es ganar, ganar y ganar. Mi contraseña, el fin justifica los medios. Aplico a mi juego los conocimientos de marketing con la técnica más puramente agresiva que recuerdo de mis estudios en una de esas omniscientes escuelas, a juzgar por el precio de la matrícula. Salgo al campo armado con todo un plan estratégico, diseñado por la mañana en mi oficina, a punto para atacar al contrario por cualquier flanco. En el orden del día tengo: 1) Machacar al rival (competidor), 2) Dominarlo en el campo (mercado), 3) Minar su moral tratando de hacer todo perfecto (ejecutar el plan), 4) Humillarlo con bromas y burlas (merchandising), y 5) No parar de robarle golpe tras golpe (cuota de mercado), para borrarlo del mapa (eliminar el competidor), si es posible, claro.

Pero si quieres hundirlo psicológicamente todavía más, mejor con un “hole en one”. Un consejo: debes incluso aprender del contrario lo “poco” que te pueda ofrecer; eso sí, sin bajar la guardia, por si fuera capaz de hacer lo mismo contigo, es decir, evitando descubrir las de cartas escondidas bajo tu grip.

Además, tienes que estar por encima de todas tus circunstancias, ser frío y calculador, estar convencido de tus posibilidades y enterrar la miserable condición humana del “siempre dudar”… en el momento del impacto. Otro argumento es presumir de tu swing con arrogancia, de ese swing independiente que te proporciona carisma y personalidad, aunque en realidad disimules que es fruto de la fusión del que aprendiste de tu maestro, otrora tan querido y ahora tan despreciado (sólo por no bendecirte con el swing perfecto), y los estereotipados que hayas aprendido a base de intentar imitar a los mejores profesionales.

Inspiración, concentración, intuición, confianza… todas armas para este gran proyecto, “vencer a toda costa”, que requiere del juego más entusiasta para tener probabilidades de éxito. Hay que mostrarse como un gran campeón, y conseguir crear y sostener en el subconsciente del contrario ese escepticismo con el que recela tu seguridad en el juego, de tu talente en el campo.

Al final nuestro amigo tendrá dos opciones: asumir su derrota estrellando los palos contra el suelo y cambiar de deporte, o bien apuntarse a unos cursillos de recuperación psicológica y reciclaje profesional.

Desde que juego, mi productividad ha caído en picado y de verdad me pregunto, ¿qué hago yo en las oficinas de esta sucursal de esta multinacional, si no genero beneficios con mi mejor arma, que es el golf? Probablemente “Handicap 6” tenga razón cuando dice que el tener en las oficinas al campeón del torneo social de toda esta multinacional hace que se hable más de nosotros en todo el mundillo profesional que por los beneficios, o probablemente pérdidas, que generamos.

Por Miguel Angel Buil