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Golf Ficción – El “viudo del golf”

5 Agosto 2018 – Son las seis de la mañana y Karen acaba de dejar la cama vacía. A mi lado queda un hueco con la forma de su cuerpo. Las sábanas aún están calientes y revueltas, después de pasar una noche inquieta de sueño ligero. Los sábados amanece tarde para esta mujer golfista, demasiado tarde cuando el campo del torneo en cuestión se halla a más de un centenar de kilómetros, y hay que tomar uno de los primeros turnos para estar de vuelta en casa a una hora prudencial. Por eso, nunca es pronto si de lo que se trata es de llegar puntual a su cita semanal.

Habrás oído hablar de las “viudas del golf”, esas esposas de los jugadores que se pasan el día semiaburridas en la casa club mientras sus maridos disfrutan de un día de campo. Pues curiosamente yo me sentía como el “viudo del golf”, el único del lugar. Karen Abercrombie, “Kary” para lo amigos, era una apuesta jovencita escocesa que había heredado el golpe de swing y el saber hacer en el campo fielmente de sus antepasados. De pequeña ya destacaba entre las júniors de su país, hasta que a los 17 años su padre, diplomático de oficio, fue destinado a España. ¡Así olvidaría su juego favorito!

Nuestra relación nunca estuvo vinculada al golf, pero sí su destino. Más tarde o más temprano tenía que pasar, y fue entones cuando descubrí que yo no era su pasión, sino el golf, que sumido en un profundo letargo despertaba para recorrer de nuevo sus venas, si cabe, con una efervescencia más frenética que antes. La emoción fue mayor cuando, dada su calidad de juego, empezó a ganar torneos. Resulta que en España es una de las mejores amateurs, viendo así multiplicado su estímulo por este deporte. A todo esto, yo no había cogido un palo en mi vida, y nunca había prestado interés a eso de atizar a la pelotita con un bastón.

Después de tres años de matrimonio, llevo dos meses respirando el golf que rezuman todos sus poros. La acompaño, por supuesto. Soy feliz viéndola feliz. Las noches de viernes a sábado, antes de despertar temprano, su mente se llena de anhelo y excitación. Sus sueños tratan de descubrir cómo serán las rivales, cómo dominar sus nervios para tornarlos en confianza, y cómo serán esos greens en los que atinar con los pats más largos; sueños que después nunca coinciden con la realidad.

Abril: noches cada vez más cortas, días todavía frescos y floreciente naturaleza. He decidido dejar de ser el “viudo del golf” para convertirme en el “caddy de Kary”. El verde del campo se intensifica no por la primavera sino al verlo por primera vez bajo mis pies, y no en la lejanía en la ventana desde la casa club. El aire fresco y limpio salpica nuestras caras como un soplo lleno de vida. El canto de los pajarillos y el aroma de las flores nos devuelven la esencia más pura del ser humano, en el campo al aire libre.

Llevo una pesada bolsa sobre mi espalda. Kary sabe exactamente lo que está haciendo, yo no, y se concentra en actuar con la mayor precisión y concentración posible. Me pide un hierro 5 y se lo pasó servilmente. Su perfecto swing (no entiendo de golf, pero mi devoción por ella no me permite decir lo contrario) es como el eco de nuestros pensamientos, un momento mágico en el que una mirada interior nos proporciona la más hermosa sensación de soledad… aun estando juntos. Es el silencio de lo humano escenificado por el vuelo de una bola que se pierde en el horizonte, donde está el hoyo. Jamás pensé que se podía sentir algo tan profundo como el latir del corazón en un instante de emoción, con la mirada y los oídos atentos a una varilla de drive cortando el viento, y escuchando el impacto metálico con la bola en el punto culminante del swing; para después relajarnos observando que la trayectoria de las bolas es la correcta y deseada, poniéndonos en la pista del camino a seguir.

Estoy con Kary para lo bueno y para lo malo. Sigo sus pasos, pero en mis hombros no llevo cargada una bolsa cualquiera, sino el diario personal de nuestras alegrías y desdichas, las confesiones de nuestros éxitos y decepciones en un campo… que es vida. Y eso que es la bolsa que se cuida de sus mejores amigos, los palos, de quienes a menudo me siento celoso por el cariño con que los acaricia.

El transcurrir de los hoyos acompañándola me muestra una vida espiritual, inalcanzable durante lo cotidiano, la vida en toda su intensidad. Fácil de sentir y difícil de explicar. Sólo hay que estar allí y comprender lo que me estaba perdiendo como un “viudo del golf”. Ahora me resulta imposible permanecer ajeno a la fuerza de la reacción química que se produce entre el jugador y todo lo que le rodea. La comunión entre la naturaleza viva y el ser humano interactuando en ella, ofreciendo un enorme potencial de sensaciones positivas.

Esto es lo que siente el compañero de una golfista de pura sangre. Para mí, ella es la persona más afortunada del mundo cuando entre altos árboles y arenosos bunkers es capaz de ejecutar el golpe de gracia que la devuelve al buen camino, y es allí donde descubre la esencia de sí misma, la esencia de un juego aparentemente tan sencillo. La magia desaparece al embocar el decimoctavo hoyo, pero por suerte el próximo sábado es la gran final, para la cual se ha clasificado.

Hasta hace poco, después de una agitada noche esperando que sonara el despertador (para mí demasiado pronto y para ella demasiado tarde), siempre había preferido dar media vuelta y seguir en el sueño de los que todavía no han descubierto la magia del golf, de quienes desconocen lo que Kary y los jugadores de verdad sienten cuando a primera hora de la mañana se colocan en el tee del 1. Ahora estoy convencido de que esto sólo está al alcance de unos pocos privilegiados.

Y aunque tenga miedo de sentirme muy pequeño cuando la majestuosa alfombra verde respire bajo mis pies, he comenzado mis primeras clases de golf, con el respaldo de Kary, igual que hice con el inglés.

Por Miguel Angel Buil