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Golf Ficción – Golfing ‘interruptus’

19 Abril 2020 – La cuarentena ha atrapado a muchos golfistas desprevenidos, dejándolos desarmados de un día para otro. Paco no se montó en el coche aquel domingo de Marzo a las 7 horas de la mañana para ir al club a jugar su torneo favorito. ¡Argh! Se perdía el circuito amateur más esperado de la temporada, que pasaba por el campo que mejor conoce – como la palma de su mano -, una oportunidad perfecta para disputarle a los colegas el mejor ‘hoyo 19’ del año.

Pero Paco decidió seguir las recomendaciones, ante la amenaza del coronavirus, y no salir de su pequeño piso en la capital, un gesto dubitativo de responsabilidad, sacrificando lo que más le gustaba en esta vida. Visto lo visto, hizo bien de quedarse en casa. “Me sentí como un idiota. Tan sólo un mes antes decidí abonar el extra para la taquilla propia y guardar la bolsa en el caddy master, porque no me entraba en el coche cuando venía con amigos”. Y eso que su pareja le apoyaba en todo lo que tuviera que ver con su golf, aunque con condiciones: No soportaba tener una bolsa armada de palos y bolas pululando por la casa, de aquí para allá, sin encontrar ningún rincón donde encajara.

A Paco se le hacía insoportable estar confinado bajo techo. Las jornadas de teletrabajo, llenas de teleconferencias con los compañeros de teleoficina, eran un sinsentido de proyectos y medidas de protección sin mucho que aportar. Por suerte, aquello a menudo terminaba convirtiéndose en una tertulia de golf.

Al cerrar el ordenador era cuando Paco entraba con ansiedad en la espiral del síndrome de abstinencia. El escenario de la cuarentena le había cambiado de repente todos los esquemas – a él, y a todos -, y echaba de menos la sensación de pisar el verde césped, pinchar la bola en el tee del 1, y pegarla con su mejor swing hacia el fondo de la calle. Tan sólo estaba a 20 kilómetros de su club – ahora desierto de jugadores -, a media hora de su preciada bolsa de golf, y añoraba el flirteo entre sus hierros forjados, acariciarles el suave cromado, y consumar su apasionado romance en una escapada romántica de fin de semana para perderse – él y su bolsa – en algún resort de por ahí.

“No es para tanto, un mes separados no será nada”, se decía al principio para animarse a sí mismo. Ahora que esto se está alargando más de lo previsto, todo está resultando más duro. Con la tromba de ejercicios, tips y entrenamientos de golf que le llovían en el móvil a través de Instagram, su amargura era aún mayor, hasta incluso ponerse a llorar. A penas con el viejo putter que había rescatado del armario empotrado, y cuatro bolas que rodaban sin rumbo en un cajón, podía practicar con un vaso unas series de putting en el pasillo. Hasta se atrevía a simular el drive con el único palo que le quedaba en la casa. Eso sí, a horas convenidas con su pareja vigilando que, en uno de sus arrebatos, no hiciera ningún estropicio.

“Esto va por días. Siendo sincero, estar confinado en casa me está sirviendo a ordenar mis ideas, a controlar mi temperamento – ejem ejem – y asumir mis capacidades para cuando vuelva al campo. ¡Pero no puedo más! Vivir lejos de mis palos por tanto tiempo me deprime, y cada día que pasa me siento peor. Espero no enfermar del virus, porque lejos de mi amada, hermosa y sensual bolsa de golf, sin esos dulces palos que me llevan al clímax en cada hoyo, me siento huérfano de la adrenalina que me hace bullir la sangre una vez por semana”.

Para bien o para mal, ninguno de los dos está sólo. Paco está con su pareja en el piso, y su bolsa de palos está a buen recaudo en el almacén de golf. En las redes sociales van subiendo imágenes de las labores de mantenimiento. El campo se ve impecable, para cuando se pueda volver a jugar. Unos vídeos que mira una y otra vez, absorto, soñando que son él y su bolsa unos furtivos cometiendo el pecado del placer de jugar, sin protección, a un ‘juego prohibido’. “Me iría encantado al infierno por ello”.

Confinados… y separados. Paco a menudo habla en su mente con su bolsa, pese a que veces no tiene mucho que decirle, porque sus conversaciones se vuelven repetitivas. “No sé que contarles: ¿Mi serie de flexiones y abdominales del día en pijama?, ¿lo tanto que me gustaría sacarles brillo a los palos?, ¿el dolor que me produce no hacerles felices con mi elegante swing al viento por el campo?”.

Le invade una profunda sensación de vacío y tristeza. “Más de una vez he pensado en ponerme la mascarilla, bajar a la calle, pedir un taxi con cualquier excusa, e irrumpir en el club para reencontrarme con mi bolsa. ¿Por qué no?, ¡para mi es un producto esencial!, ¡de primera necesidad!, ¡es una cuestión de compasión humanitaria!, ¡es la verdad!”.

La situación no da para más. En plan categórico, las monótonas jornadas de cuarentena se asemejan a un ratoncito corriendo dentro de una rueda sin fin. Ducha caliente para matar virus, mirarse al espejo para admirar cómo crece su barba de ermitaño en un oasis de asfalto, flexiones y abdominales, desayuno a base de zumo de naranja, teletrabajo, café, más teletrabajo, comer, deprimirse ante la tele sabiendo que la cosa ‘va pa’ largo’, quitar el polvo mientras escucha música, putting de pasillo, chats por WhatsApp con los amigos del grupo de golf, saturar la mente en la interminable Torre de Babel de las redes sociales, leer un rato aquel libro de Seve para el que nunca tenía tiempo, salir a las 8 horas a aplaudir a los héroes sanitarios, cenar ver una peli nocturna, asomarse a la ventana y contemplar la luna sobre un tee, irse a la cama a dormir… y vuelta a empezar.

Quizás el momento más gozoso le ha llegado revisando las tarjetas de todas sus partidas; recordar y descubrir cuáles han sido sus mejores rondas de golf, en qué torneos, el mejor resultado en cada hoyo, y la tarjeta ideal con los mejores hoyos de su vida. Así ha descubierto que en su ronda perfecta de récord personal sería de dos bajo. ¡Chapeau!

¿Practicas golfing virtual? “Bueno, con tanto mono ahora me he hecho del World Golf Tour, y me he puesto a jugar en los mejores campos del mundo… por ordenador. Es una cosa que antes consideraba para los ‘frikies’ del golf, pero la verdad es que me está ayudando a superar el trauma. Sí, golf online”.

“Aunque en el fondo tengo la amarga sensación de serle infiel a mi bolsa de golf. No lo estoy llevando del todo bien, el tema de la distancia. El golf de salón no me convence: ¡no es sexy! No hay atracción, no hay contacto, no hay feeling, no me excita ni me proporciona satisfacción. Cuando volvamos a encontrarnos, no se si me atreveré a decirle que ¡he estado saliendo con otra! ¿Se pondría celosa?”.

Golfing ‘interruptus’. Una relación frágil a distancia, sin convivencia, sin sentimiento, sin complicidad, en un ambiente de incertidumbre, sin ver el final del túnel. Es como si se hubiese parado el tiempo, pero Paco no pierde la esperanza. “Ya tengo planes de futuro, para nuestras próximas escapadas. Aunque lo que me da más miedo de cuando esto termine es que hayamos perdido la erótica, y que mi swing ya no case con ella. ¿Me abandonará?”.

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Por Miguel Angel Buil